miércoles, 3 de noviembre de 2010

Líos

He estado pensando: ¿qué pasaría si alguno de mis escritos, por algún extraño motivo, viera en algún momento la luz pública y se diera a conocer? Sería objeto de análisis, tarde o temprano, al igual que cualquier otro texto, ¿no? Pero ¿y si lo analizase más de una persona? Entonces, habría más de una opinión sobre él; más de una interpretación. Y eso, es algo muy peligroso. Así, podemos tergiversar lo que queramos, inventarnos algo y decir que es completamente cierto, pues no hay forma de confirmarlo ni de negarlo. Pongo, por ejemplo, que simplemente escribiese Hola.
Las mentes irónicas y rebuscadas dirían que es una burla, puede ser que alguien pensase incluso que está dicho con cierto resentimiento. Al fin y al cabo, siendo una palabra tan común tiene que tener algún sentido en especial para constituir un texto en sí misma, ¿y por qué no uno burlesco?
Pero, ¿y las mentes poéticas? Quizás dirían que esto es una oda, un recuerdo a todas aquellas personas que, conocidas o no, te saludan con una gran sonrisa.
Es cierto que podrían ser ambas cosas, pero lo más probable es que no sea ninguna. Puse Hola, y sólo eso. Lo que cada uno quiera ver ahí es cosa de cada uno, al igual que lo que yo puse ahí es cosa mía, que para eso lo puse yo, al igual que para eso cada uno lo interpreta.

Expuesto el caso, pregunto ¿no nos enseñan, cuando nos dicen que hagamos un comentario de texto, a pensar todos de una misma forma, exponiendo que si eso es así, se trata de una verdad objetiva? ¿No hacen que todos coincidamos, punto arriba punto abajo, en una misma opinión? Pero, claro, es objetivo. ¿Por qué? Porque todo el mundo lo cree así. Y punto.
¿Y qué más da lo que todo el mundo crea? Sólo un autor puede saber lo que pone en un texto. Y, probablemente, esté hecho sin intenciones secundarias de ese tipo. Lo que alguien escribe es lo que alguien escribe, y si quisiera decir algo distinto de lo que ha escrito, pues escribiría algo distinto, esa otra que quería decir. Es lo más lógico, ¿no?
Pero, claro: esas son verdades que sólo el autor puede saber. El problema llega cuando nos encontramos ante un autor ya fallecido. ¿Cómo saber lo que quería decir? Al menos con la tecnología de la que disponemos hoy en día, es imposible preguntárselo al propio autor.
Pero la cosa cambia si está vivo: se le podría preguntar. El problema, en este caso, es que un autor cuyo texto es objeto de estudio es afamado, y ahí la cosa ya cambia. Probablemente si le preguntas en la intimidad, te dirá una cosa, pero ¿y si le preguntas ante la opinión pública? Te dirá que su texto esconde una crítica social, un llamamiento a la lógica, un intento por cambiar algo, y seguirá así, diciendo lo que la opinión pública quiera oír para quedarse contenta y creer que puede interpretar las cosas correctamente de acuerdo a un sistema objetivo de valoración inexistente. Porque, claro: lo fácil es poner lo que se quiere decir, pero lo difícil es dejarlo ver para la libre interpretación de cada uno...Pues me mantengo en que la libre interpretación de cada uno no es más que la libre interpretación de cada uno, por mucho que coincida con la libre interpretación del que está al lado mío.
La lengua nos ofrece recursos más que de sobra para poder decir lo que queremos decir, sin necesidad de ambigüedades. De verdad, ¿tan difícil es dejar las cosas claras?

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