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domingo, 6 de enero de 2013

Plataneras

Me he metido en una asociación de estudiantes (que no describiré ahora, porque no viene al caso) en la que, cuando eres nuevo, te asignan un mentor. Dicho mentor es alguien con más experiencia que tú dentro de la asociación y que, por tanto, está ahí para responder cualquier duda que te surja acerca de ella. En nuestro caso particular, por el nombre del grupo, y por ser de donde somos, llamamos Plataneras a estos mentores.

El caso, es que yo tuve la suerte de poder elegir a mi platanera. Y digo suerte porque eso es lo que creo que tuve. Podríamos no haber coincidido en mi primer evento, por lo que habría elegido a otra persona. Él podría haber dicho que estaba demasiado ocupado (que lo estaba), como para atender las infinitas dudas de alguien nuevo. De hecho, podría no haber ido a ese evento, y no haberlo conocido nunca. Pero fui, y él fue, y le conocí, y desde el primer instante decidí que quería que ese fuera mi mentor. A día de hoy, me parece que es una de las mejores elecciones que he hecho en mi vida.

Sin embargo, esta decisión no ha venido carente de malos ratos. Sí, es cierto. A pesar de estar súper contenta con mi platanera, de llevarme muy bien con él, de pasar buenos ratos y de cogerle un cariño inmenso, he llegado a arrepentirme. ¿Cómo llega alguien a arrepentirse de algo cuando tiene la absoluta convicción de que es una de las mejores cosas que le han podido pasar? Muy fácil: con influencias externas. Voy a explicarme:

Desde el principio, cada vez que tenía una duda, o hablaba con alguien y no entendía algo, decía "Pues esto no sé lo que es. Voy a preguntarle a mi platanera." y, también desde el principio, y de forma casi invariable, obtenía respuestas tipo "Mejor que no lo molestes para esto, que está muy ocupado". Pero yo podía aguantarlo. Al fin y al cabo, hablaba con gente que lo conocía más y mejor que yo. Así que enviaba un correo, y esperaba tranquilamente su respuesta, sin creerme que estaba demasiado ocupado para responderme, pero tratando de dar lo menos posible la tabarra. El tiempo fue pasando, y nuestra relación fue creciendo.

Llegó un día en el que el grupo tomó la decisión de que las plataneras ya no serían escogidas por los nuevos, tal y como tuve yo el privilegio de hacer en su momento, sino que las parejas serían asignadas por el responsable de recursos humanos. Yo di mi punto de vista acerca de dicha decisión, mostrándome disconforme y exponiendo mis motivos para ello. Entonces empezó un proceso en el que, cada vez que salía el tema y yo comentaba que me parecía más correcto el método anterior, la respuesta que acababa obteniendo era "Tranquilízate y déjalo, que nadie te va a quitar ya a tu platanera". Y, a todas estas, mi platanera estaba pasando un mes a unos 4600km (aproximados) de mí, con no mucha disponibilidad en lo que a formas de comunicación se refería, y justo después de un período de estrés grande del que no me había recuperado.

Y yo sufría. No porque estuviese lejos o no pudiese atenderme. Tampoco porque fueran a cambiar a algo que a mí me gustaba. Sufría porque la única persona aparte de mí que entendía nuestra relación, no podía apoyarme en ese momento. Y así empecé a creer que era cierto cuando decían que ahí había una relación "demasiado" personal, o que yo le causaba molestias. Noches enteras soñando con la matraquilla, y días perdidos mirando al infinito, dándole vueltas a la cabeza, hasta que se lo dije. Fui, y le dije lo que estaba pasando, lo que estaban diciendo, y cómo me estaban haciendo sentir. Él me tranquilizó, diciéndome que no hiciera caso de nada, y que él estaba ahí para mí.

Me tranquilicé, pasó algo de tiempo, volvió, pasó algo de tiempo más y, un día, sin previo aviso, me propuso para un cambio de estado dentro del grupo (algo así como un ascenso). Hizo una presentación en la que daba los motivos por los que creía que me merecía ese cambio y demás, y acabó diciendo que teníamos una relación personal estrecha que él consideraba muy valiosa. Yo no me lo podía creer. Sabía, porque me lo había dicho, que no le molestaba, pero de ahí a eso iba un cacho. Me dio pena que hubiese poca gente en esa reunión. O, mejor dicho, me dio pena que no estuviese la gente adecuada delante cuando dijo eso. Para mí fue un momento casi de liberación. Mi platanera había vuelto, y estaba ahí para apoyarme, diciéndole a quien hiciera falta que yo no tenía ningún problema extraño por haberle cogido cariño.

Eso me dio qué pensar. Las plataneras habían empezado a ser asignadas ya, pero eso no me importaba tanto. Lo que realmente me mosqueaba, y me sigue mosqueando, fue el darme cuenta de que muy poca gente sabe lo que es una platanera. Apenas la gente que ha vivido mi relación con mi platanera desde primera línea lo sabe. El resto...Bueno. A mi parecer, no lo tienen nada claro. Pero, ¿qué es una platanera?

Como ya se dijo al principio, una platanera es un mentor que te guía y ayuda en tus primeros pasos dentro de la asociación: te explica la organización interna, las siglas, incluso las bromas recurrentes. Hasta ahí todo claro. Bonito y fácil, ¿no? Lo que poca gente parece entender a partir de aquí es que una platanera es alguien con quien tener confianza para poder mandarle un correo preguntándole algo que no entiendes, aunque te dé vergüenza porque sabes que ya lo deberías saber. Una platanera es alguien a quien le mandas cinco veces un correo preguntándole la misma cosa, y las cinco veces te responde y te lo explica. Una platanera es alguien que ha vivido más tiempo que tú, al menos dentro de la asociación, y que te puede nutrir con su experiencia. Una platanera es alguien que, cuando sabe que sufres estrés, baja de su casa en pijama a entregarte ese documento tan importante y, aún en pijama, cruza la verja de la calle solo para darte un abrazo. Una platanera es alguien que no solo te da permiso para dormirte en una reunión después del fin de semana más ajetreado y cansado de tu vida, sino que además te hace de almohada el tiempo que haga falta, mientras te dice lo orgulloso que está de ti. Es alguien a quien llamar "papá", y alguien que jamás te negará un abrazo cuando necesites refugio. Es alguien que, estando al otro lado del continente, te avisa el penúltimo día de que se ha olvidado de entregar un documento crucial, y por quien vas a aporrear la puerta del profesor o del administrador que haga falta hasta asegurarte de que está todo entregado y en orden. Es alguien a quien despertar temprano una mañana de navidad para ir a coger olas, y es alguien que, habiendo hablado con tu hermana por segunda vez en la víspera de reyes, acaba pidiéndote que le saques fotos cuando se emocione al ver los regalos porque seguro que parece un arenque. Una platanera es alguien a quien tu imaginación se abraza al grito de "quiero una puta familia normal, y la quiero ya", y que te aporta tranquilidad con solo pensar en ese abrazo, aunque él jamás lo sepa porque no llega a ocurrir.

Por supuesto, este es solo un pequeño resumen de lo que la figura de la platanera representa, y podría decir muchísimas cosas más, porque la verdad es que no creo que le haga justicia. Pero, para que quede más claro aún y sea más conciso, lo diré de otra forma. Una platanera es, ante todo, un caballero: alguien que te escucha, te apoya y te ayuda cuando hace falta.

Así que no voy a volver a sentirme mal por lo que me digan respecto de este tema. Sea quien sea, intentaré hacérselo entender, aunque dudo seriamente que llegue a comprenderlo. Si aún así no quiere entenderlo, y se empeña en que le tengo demasiado cariño a alguien que solo es un mentor, no lo voy a negar. Es cierto que le tengo muchísimo cariño y si, después de saber todo esto, aún sigue creyendo que es solo un mentor, no podré más que dejarlo estar, y aguardar pacientemente hasta que logre entender lo erróneo de ese pensamiento. Si no, siempre puedo esperar que tenga la misma suerte que yo, y pueda vivir algo tan especial.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Caballeros completos.

He aquí que a finales de la Edad Media, se dio una visión nueva de lo que un caballero debía ser. Se decidió, por aquel entonces, que un caballero, aparte de ser un hombre de armas, tendría que serlo también de letras, dando así una mayor importancia a un aspecto hasta entonces descuidado. Los caballeros pasaron de ser sólo luchadores a ser, además, gente con cierto nivel de cultura. Así, para impresionar a una dama, aparte de ganar torneos y vencer a otros caballeros, demostrando su superioridad física, también tenía que hacer gala de una superioridad intelectual. Según cómo se mirase, esto podría agrandar o empequeñecer el ámbito, pues había menos personas que cumpliesen con ambos aspectos, pero más que cumpliese con, al menos, uno de ellos. Sea como fuere, esta época marcó un hito trascendental en lo que viene siendo el caballero actual.

sábado, 17 de octubre de 2009

Caballeros del siglo XVI en pleno siglo XXI

Estos caballeros son chicos normales. Si ves a alguno por la calle, no lo vas a distinguir, puesto que tienen una apariencia de lo más común. Incluso puede que no quieras acercarte a ellos. Sin embargo, cuando los conoces, te das cuenta de que su apariencia es una mera casualidad, pues en ellos se encierra una personalidad de lo más peculiar. Son amables, graciosos, no suelen ser tímidos, y, sobre todo cada uno tiene su propia especialidad. Algo que no sólo los hace ser únicos, sino que conseguirá engancharte. Seas de la condición que seas, esta faceta no te dejará indiferente. Algunos, te cantan de tal forma que nunca llegas a olvidarte de su voz, otros, te dedican su mejor interpretación, de modo que pueden hacerte pasar de la risa al llanto en el mismo minuto. Otros, simplemente tienen el don del habla, pero, sea el que sea, son de las pocas personas que te miran a los ojos. Y es justo ahí cuando te das cuenta de que te has encontrado a un Caballero, de los que escasean últimamente.